Esto va de “chinos”…
Publicado por tombio en abril 8, 2008
Lo admito: soy usuario de los establecimientos a los que llamáis “los chinos”, es decir, tiendas de horarios extendidos que venden productos para el hogar, alimentos o ambos y que están regentados por cualquier tipo de asiático, al que comúnmente se le denomina “chino”, sin ningún tipo de discriminación entre coreano, filipino o chino, por ejemplo.
Creo que este tipo de negocios, al no reinvertir en el propio país, desfavorece la economía del mismo. Si aún por encima sumamos que se benefician de las ventajas sociales por medio de subvenciones, el total sale negativo.
Sin embargo, esto es fruto de una falta de regulación, una serie de vacíos legales en los que se desarrollan y crecen estos negocios.
De vacíos legales está la ley plagada, y en esto da igual la nacionalidad porque, de hecho, los más fraudulentos y ricos de este país, que se nutren a base de esta abundancia de vacío, no son precisamente extranjeros. Es más, aunque el delito sea conocido por todo el mundo, aunque ya haya una sentencia condenatoria sobre sus espaldas, eso no impide que sigan disfrutando de su riqueza e incluso aumentándola mediante exactamente las mismas tácticas delictivas.
¿Qué es lo que justifica la labor de esta gente venida del lejano Oriente? Las prestaciones que ofrecen.
Es innegable el servicio que prestan a la sociedad española porque sencillamente no hay nada que se le parezca. ¿Por qué? Principalmente porque nadie quiere trabajar tanto.
La concepción de trabajo en España
Este país es un país de vagos. La gente sortea con habilidad olímpica el trabajo que pueden intuir que podría ser tedioso.
El síntoma que yo veo más sangrante es el siguiente:
En un establecimiento, las quejas eternas, a todas horas, zumban en el oído ajeno, ya seas un empleado más en la tienda como si eres un cliente, ya estés con tus colegas de trabajo o estés acompañado por el encargado. Las quejas nunca cesan. Y si no hay quejas, pues se pone verde a un/a compañero/a. La cuestión es distraerse de lo que es el favor que le estás haciendo a tu jefe, cliente, empresa o sociedad en general dedicándole ocho horas, cinco días a la semana, a servirlos por una mísera retribución.
Un ejemplo
El otro día me apetecía comprar algo de minerales, para que mi piel tomatera se mantuviera tersa, suave y bien colorada. Me acerqué, obviamente, a “los chinos”, una tienda en la que la propietaria es una enérgica señora asiática, que compite con los españoles en cuanto al grosor de cuerdas vocales. Y creo que gana ella.
Mientras examinaba las diferentes opciones que tenía delante, una niña con uniforme y con su padre al lado, mochila rosa al hombro (no fuera a ser que la pobre criatura desarrollara alguna hernia en el cerebelo), elegía, entre dientes, con mirada esquiva y un aire a cabreo que daba miedo, una de las bolsas de aperitivos.
- Quiero esa –dice sin señalar.
El padre coge la bolsa que supone es la que ha elegido la niña.
- ¡Esa no! ¡la de arriba! –ladra entre dientes, furibunda.
- A ver si te aclaras, hija…-. Suena como una súplica. Suena a “te quiero dar lástima, no seas tan mala conmigo”.
- ¡He dicho esa!, ¡cállate! –y le dirige una mirada taladradora y mofletuda.
Todavía no salgo de mi asombro. Pero dejemos ese tema, con mucha chicha, para otra entrada, otro día.
Cuando voy a pagar, rebuscando entre mi monedero con cierta dificultad (si es que con hojas como manos, no es tarea fácil), el hombre aparece de repente a mi lado, con la barbilla en alto y la mirada de superioridad:
- ¡Hazme las cuentas!
La dependienta china (o al menos supongo que lo es) lo mira sorprendida. Puedo deducir que, en su ya de por sí reducido vocabulario español que debe tener, la perífrasis “hacer las cuentas” le sonaba, cuanto menos, a chino.
- Emmm…
- ¡¡Que me hagas las cuentas otra vez!!. ¡¿Cuánto vale esto?! –pregunta enfurecido el hombre, señalando una pequeña bolsa de aperitivos que tanto le había costado conseguir.
- Eso… eso 30 céntimos, todo 30 céntimos –comenta dubitativa la mujer.
- ¡¡Pues ahí pone 20!! ¡¡Aquí!!.- El hombre golpea furiosamente la caja que guarda todas las pequeñas bolsas de aperitivos.
- No, no, es 30…
- ¡¡¡Pero que pone 20!!! ¡¡¡Si es que me quiere hacer gilipollas!!!
- Tome –y la mujer extiende una moneda de 10 céntimos al hombre.
Y después de dejar el dinero sobre el mostrador, me fui sin querer saber cómo terminaba todo. Lo intuía y eso me bastó.
A esto hay que apuntar alguna cosa.
- Este sujeto, dominado por su hija, debería de fijarse un poquito más en lo que la está convirtiendo, porque luego, mientras él esté jubilado, sentado en un sillón donde el resto de ancianos de la residencia donde esté recluido (porque de ninguna manera su hija lo iba a aguantar) se hubiera peído, al menos, numerosas veces anteriormente, a su vástago lo tendremos que aguantar nosotros, no él.
- “Hacer las cuentas”, según la naftalinosa y todosapienciosa RAE, no existe. Lo más parecido formalmente es “hacer la cuenta”, que es “figurarse o dar por supuesto”. A lo que se refería era a “echar la cuenta”, que significa “calcular el importe”.
- El gilipollas no se hace, nace.
- Cheesburger sin queso.
Su amigo y vecino, el Tomate Biónico.