Lo admito: soy usuario de los establecimientos a los que llamáis “los chinos”, es decir, tiendas de horarios extendidos que venden productos para el hogar, alimentos o ambos y que están regentados por cualquier tipo de asiático, al que comúnmente se le denomina “chino”, sin ningún tipo de discriminación entre coreano, filipino o chino, por ejemplo.
Creo que este tipo de negocios, al no reinvertir en el propio país, desfavorece la economía del mismo. Si aún por encima sumamos que se benefician de las ventajas sociales por medio de subvenciones, el total sale negativo.
Sin embargo, esto es fruto de una falta de regulación, una serie de vacíos legales en los que se desarrollan y crecen estos negocios.
De vacíos legales está la ley plagada, y en esto da igual la nacionalidad porque, de hecho, los más fraudulentos y ricos de este país, que se nutren a base de esta abundancia de vacío, no son precisamente extranjeros. Es más, aunque el delito sea conocido por todo el mundo, aunque ya haya una sentencia condenatoria sobre sus espaldas, eso no impide que sigan disfrutando de su riqueza e incluso aumentándola mediante exactamente las mismas tácticas delictivas.
¿Qué es lo que justifica la labor de esta gente venida del lejano Oriente? Las prestaciones que ofrecen.